La actualidad en Seguridad del Paciente en un clic: últimos tuits de @sanoysalvoblog

Artículos, noticias y otros contenidos relacionados con la Seguridad del Paciente en general y especialmente en Atención Primaria, publicados en nuestra cuenta de Twitter @sanoysalvoblog*

*El equipo que mantiene @sanoysalvoblog está compuesto por Cecilia Calvo Pita @cecilicp y Jesús Palacio Lapuente @je_pala. Realiza la publicación de estas selecciones Txema Coll Benejam @txemacoll


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La fragilidad de las personas mayores y cómo abordarla en la pandemia: documento de consenso e infografías de la Comisión de Salud Pública del Consejo Interterritorial

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En el año 2014, El Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud aprobó el “Documento de consenso sobre prevención de fragilidad y caídas en la persona mayor” como una de las líneas a implementar dentro de la estrategia de promoción de la salud y prevención.

El pasado 25 de marzo, la Comisión de Salud Pública del Consejo Interterritorial aprobó el documento de Recomendaciones para abordarla fragilidad en situación de crisis sanitaria producida por la COVID-19, que supone una adaptación de la primera propuesta de 2014 y muestra las acciones que deberían llevarse a cabo.

La pandemia de COVID-19 ha provocado un evidente deterioro funcional en las personas mayores. La situación de confinamiento, el cierre de los espacios destinados a actividades para mayores y la limitación de la accesibilidad a los servicios sanitarios han podido influir en esta pérdida de funcionalidad.

La fragilidad es un estado previo a la discapacidad y tiene una mayor prevalencia con la edad. Esta fragilidad se puede prevenir, identificar y revertir.

El objetivo del documento de recomendaciones es facilitar la detección precoz de la fragilidad, así como su abordaje en las personas mayores durante la situación de pandemia por la COVID-19. El documento destaca las actividades de detección mediante el cribado en atención primaria como elemento clave de la intervención, del que derivarán el resto de las acciones.

La mayor esperanza de vida alcanzada en nuestra sociedad en los últimos años ha ido pareja a un aumento de enfermedades crónicas, fragilidad, discapacidad y dependencia.

Nuestro país ha alcanzado una de las esperanzas de vida más alta del mundo, que en 2018 se situaba por encima de los 83 años (86,08 en mujeres y 80,43 en hombres), pero con una cifra de años de vida saludable al nacer en 2018 de 79,2 (76,9 en hombres y 81,5 en mujeres), aspecto este último en el que otros países de nuestro entorno nos aventajan. Por ello, el reto es fomentar el mantenimiento de la capacidad funcional, limitando la aparición de discapacidad y dependencia, actuando en los factores que son modificables y, por tanto, sujetos a intervención, como la fragilidad.

Con datos de 2019, en España 9.057.193 personas (56,8% mujeres) tenían 65 años y más, representando el 19,3% de la población, estimándose que en 2033 llegará al 25,2% y en 2066 al 34,6%. Así mismo, de mantener esa tendencia, la tasa de dependencia (cociente, en tanto por ciento, entre población menor de 16 años o mayor de 64 y la población de 16 a 64 años) se elevaría desde el 54,2% actual hasta el 62,4% en 2033.

Las personas mayores y con patologías crónicas previas, como enfermedades cardiovasculares, hipertensión arterial, enfermedad pulmonar obstructiva crónica o diabetes, son especialmente susceptibles a padecer formas más graves y letales de COVID-19. La soledad o el aislamiento en el que se encuentran algunas personas mayores, la falta de respuesta adecuada de los sistemas de atención  sanitaria y social durante la pandemia, así como otros determinantes sociales de la salud como el nivel socioeconómico, país de origen, lugar de residencia, etnia, género, diversidad funcional, etc., pueden contribuir a aumentar esta susceptibilidad.

Este patrón de morbimortalidad ha tenido un especial impacto en las residencias de personas mayores donde el “sobreenvejecimiento” de esta población supone una mayor probabilidad de encontrar en ellas personas más frágiles y con una disminución de su capacidad intrínseca y patologías crónicas asociadas a la edad, además de otros condicionantes como es la convivencia en un medio cerrado.

Es fundamental comprender el envejecimiento como una etapa más de la vida, contrarrestar los conceptos negativos y estereotipados sobre las personas mayores con el reconocimiento de la diversidad en los ancianos y fomentar su participación informada en la toma de decisiones. La capacidad física y mental de una persona no viene determinada por una edad cronológica sino por su capacidad funcional.

La fragilidad se define como un deterioro progresivo de los sistemas fisiológicos, relacionado con la edad, que provoca una disminución de las reservas de la capacidad intrínseca, lo que confiere una mayor vulnerabilidad a los factores de estrés y aumenta el riesgo de una serie de resultados sanitarios adversos. Cada vez es más claro el hecho de que, en la población mayor, es el mejor predictor de eventos adversos y discapacidad, independientemente que otros parámetros como la comorbilidad o la multimorbilidad.

Pero lo realmente relevante a efectos de salud pública respecto a la fragilidad es que se puede prevenir, identificar y revertir. Esta circunstancia es especialmente relevante durante la situación actual de pandemia, ya que la fragilidad puede ser un factor de riesgo más para la COVID-19 y, a su vez, esta puede desencadenar fragilidad.

El documento de recomendaciones que reseñamos nos propone implementar medidas encaminadas a detectar:

· Condiciones de fragilidad agravadas o derivadas de la situación de inactividad por confinamiento o restricciones de actividades y la falta de detección precoz, seguimiento y atención de las enfermedades crónicas y la fragilidad, especialmente en residencias de personas mayores o centros socio-sanitarios.

· Cambios en la situación funcional de las personas, cuya monitorización y detección se ve dificultada por la importante limitación de la atención presencial en atención primaria.

Así mismo se propone fomentar entornos que apoyen y mantengan la capacidad funcional, facilitando la realización de actividad física como principal medida para la prevención y abordaje de la fragilidad. A la vez que se tienen en cuenta las medidas de prevención frente a la COVID-19.

Los puntos clave para la detección precoz de la fragilidad son:

1. En las personas mayores de 70 años asignadas a cada cupo procurar la búsqueda activa y la evaluación oportunista de fragilidad cuando se consulta por otro motivo, especialmente en atención primaria, pero también en otros contactos asistenciales (hospital, residencias, etc.).

2. La evaluación de fragilidad debe ser parte de la evaluación centrada en la persona, con un enfoque dirigido a adecuar la atención en función de la situación basal del paciente y optimizar los recursos de la manera más adecuada para mejorar o mantener la capacidad funcional.

3. La identificación de fragilidad debe estar destinada a la orientación de las decisiones terapéuticas centradas en la persona, a la toma de decisiones clínicas y a la realización de intervenciones dirigidas a su prevención o abordaje.

4. Es fundamental la capacitación de los profesionales sanitarios en la valoración y abordaje de fragilidad.

Esta detección precoz se puede llevar a cabo en los centros de atención primaria, mediante consultas presenciales cuando sean posibles o utilizando el teléfono y otras tecnologías si la presencia de la persona no es posible o recomendable. También se puede detectar precozmente la fragilidad desde otros dispositivos comunitarios, estableciendo la adecuada coordinación con el sistema sanitario.

Disponemos de herramientas para poder detectar la fragilidad como la Short Physical Performance Battery (SPPB), el test “levántate y anda cronometrado” (TUG) y la prueba de velocidad de la marcha sobre 4 metros. Estas pruebas permiten determinar si las personas son “no frágiles” o “frágiles”, y son las recomendadas cuando se pueda llevar a cabo una valoración de manera presencial por personal sanitario.

Cuando no sea posible realizar la evaluación de manera presencial, se pueden valorar otras herramientas que permitan una valoración no presencial como el cuestionario FRAIL o plantear la realización de pruebas de ejecución a través de una llamada telefónica o videoconferencia con la colaboración de un familiar o persona cuidadora previamente entrenada mediante, por ejemplo, videos explicativos. También se puede realizar la evaluación de las Actividades Instrumentales de la Vida Diaria (AIVD).

Las personas clasificadas como frágiles deberían tener una valoración geriátrica integral de forma presencial y elaborar un plan de cuidados personalizado para cada persona.

A las personas mayores, en especial las identificadas como “no frágiles”, como intervención para mantener y mejorar la capacidad funcional, se les ofrecerá consejo sobre estilos de vida saludable. Este consejo debe incluir la realización de actividad física dentro de las actividades de la vida diaria y ejercicio físico en el domicilio. Otras recomendaciones al respecto (alimentación, prevención del consumo de tabaco o alcohol) se pueden consultar en la web estilos de vida saludable.

A las personas clasificadas como “frágiles” se les prescribirá un programa de ejercicio físico multi-componente (resistencia aeróbica, flexibilidad, equilibrio y fuerza muscular). Además de recibir el consejo general de alimentación saludable, se debe realizar una evaluación nutricional mediante la Mini Evaluación Nutricional (MNA), seguida de consejos sobre un plan de nutrición adecuado.

Las personas frágiles deben tener un seguimiento de su morbimortalidad y polimedicación, además de evaluarse su bienestar emocional.

Otras de las intervenciones que deben llevarse a cabo en todas las personas mayores, es la valoración del riesgo de caídas en el hogar y la revisión del estado vacunal.

Todas estas intervenciones deben ayudar a potenciar la capacidad de autocuidado de las personas, que puede apoyarse mediante llamadas telefónicas de seguimiento.

El documento de recomendaciones para abordar la fragilidad en situación de crisis sanitaria generada por la COVID-19, aborda también intervenciones en otros entornos específicos como el domicilio, el entorno local, los centros sociosanitarios o el hospital.

Hemos convertido a formato de imagen, para facilitar su uso en redes sociales y entornos digitales, el archivo imprimible con la infografía que resume las recomendaciones. Este archivo en formato pdf, dirigido a los profesionales sanitarios, puede descargarse en este enlace.

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Junto a la infografía para profesionales se ofrece otra para los decisores políticos, algo usual en organismos federales y supranacionales, como la OMS, pero todavía una novedad en España, donde los organismos que generan recomendaciones sobre asuntos de salud han considerado habitualmente que la implementación es cosa exclusivamente de los profesionales, sin más responsabilidad por parte de las autoridades que las de emitirlas.

Hemos convertido también a formato de imagen la infografía de recomendaciones para decisores, que puede descargarse aquí en formato pdf.

(Clic sobre la imagen para ampliarla)

Estas, como todas las modificaciones de las actuaciones de atención a la salud, deben de ir acompañadas de la organización y los recursos que permitan llevarlas adelante en el mundo real, para que no se queden solo en el papel.

Como en todas la actividades preventivas, habrá que evaluar en estas su eficacia y su balance entre costes, beneficios y riesgos. No podemos presuponer sin más que toda actividad preventiva es globalmente beneficiosa. De hecho, muchas de las actividades preventivas ampliamente implementadas en todo el mundo en las últimas décadas han resultado ser ineficaces o perjudiciales. En cualquier caso, son actividades que consumen recursos, incluido uno de los más escasos en la atención primaria de España: el tiempo de los profesionales.

Enfermeras y médicos de atención primaria ya realizan, integrada en su actividad habitual, la detección y la atención a las personas mayores frágiles, si bien tanto esta como otras actividades han sufrido de la irrupción de una enorme carga de trabajo añadido por la pandemia. Todos los cambios o aumentos de actividad han de garantizar que con ellos no se sobrecargue aún más a los profesionales y se mejoren los resultados de la atención primaria, globalmente y en los ancianos más vulnerables.

La pandemia de COVID-19 ha puesto en evidencia, desgraciadamente incluso en portada de los medios de difusión con noticias luctuosas, la necesidad de mejorar la atención a los ancianos en situación de fragilidad. Sea bienvenida esta iniciativa institucional para avanzar en la protección a este segmento vulnerable de la población, tan castigado por la COVID-19, por otros problemas de salud y por  la inequidad.


Publicado por Juan José Jurado Balbuena



Día Mundial de la Salud, 7 de abril de 2021: Construir un mundo más justo y saludable. Equidad en salud


El Día Mundial de la Salud, que anualmente convoca la OMS el 7 de abril, está dedicado este año a la equidad en salud, con el lema "Construir un mundo más justo y saludable".

Aunque es un tema en el que la agencia de Naciones Unidas se centra desde hace décadas, con su estrategia "Salud para todos", las desigualdades sociales han mostrado su insoslayable importancia en la pandemia de COVID-19, tanto para la salud individual como para la salud pública.

Reproducimos la explicación de la OMS de por qué se dedica a la inequidad en salud la jornada de este año:

Nuestro mundo es desigual.

Como ha puesto de manifiesto la COVID-19, algunas personas pueden llevar una vida más sana y tener mejor acceso a los servicios de salud que otras, debido enteramente a las condiciones en las que nacen, crecen, viven, trabajan y envejecen.

En todo el mundo, algunos grupos luchan por llegar a fin de mes con pocos ingresos diarios, tienen peores condiciones de vivienda y educación y menos oportunidades de empleo, experimentan una mayor desigualdad de género y tienen poco o ningún acceso a entornos seguros, agua y aire limpios, seguridad alimentaria y servicios de salud. Todo ello provoca sufrimientos innecesarios, enfermedades evitables y muertes prematuras. Y perjudica a nuestras sociedades y economías.

Esto no solo es injusto: es evitable. Por eso pedimos a los líderes que garanticen que todas las personas tengan unas condiciones de vida y de trabajo que favorezcan la buena salud. Al mismo tiempo, instamos a los líderes a monitorear las desigualdades en materia de salud y a garantizar que todas las personas puedan acceder a servicios de salud de calidad cuando y donde los necesiten.

La COVID-19 ha golpeado duramente a todos los países, pero su impacto ha sido más acusado en las comunidades que ya eran vulnerables, que están más expuestas a la enfermedad, que tienen menos probabilidades de acceder a servicios de salud de calidad y que tienen más probabilidades de sufrir consecuencias adversas como resultado de las medidas aplicadas para contener la pandemia.

En el momento en el que se publica esta entrada, el 5 de abril, la OMS no dispone todavía de materiales para la difusión en español en su página web sobre este Día Mundial, por lo que remite a la de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), integrada en la agencia de la ONU. En ella pueden encontrarse carteles en formato imprimible e imágenes para insertar en páginas web y redes sociales, en diferentes diseños y formatos, como las imágenes al pie (clicar sobre ellas para ampliarlas).


Las inequidades en salud tienen también importancia en la seguridad del paciente, ya que son causa de dificultades para el acceso a una atención sanitaria de calidad y segura, así como de daños evitables relacionados con la atención que reciben las personas más discriminadas o desfavorecidas. Por ello, para el Grupo de Trabajo que edita este blog la equidad es un tema transversal, que hemos tratado en diversas entradas de ese blog y en la XI Jornada de Seguridad del Paciente en Atención Primaria, celebrada en 2018 con el lema “Equidad, Salud Pública y Seguridad del Paciente”. Contamos en ella con expertos de reconocida valía de la OMS, organizaciones de pacientes, sociedades científicas de medicina familiar y comunitaria y de salud pública e instituciones, cuyas ponencias pueden verse en esta lista de reproducción de nuestro canal de YouTube.

Publicado por Sano y salvo


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A vueltas con la consulta telefónica

El uso del teléfono como vía de comunicación entre el personal de los centros de salud y los pacientes ha aumentado extraordinariamente desde el inicio de la pandemia, para gestionar el aumento de la demanda por la COVID-19 y disminuir el riesgo de contagios en las ya antes atestadas salas de espera. Aunque las visitas presenciales han seguido haciéndose, tanto en consulta como en los domicilios, su proporción ha disminuido paralelamente al aumento de las telefónicas. Un cambio adaptativo que frenó la explosión inicial de contagios en los centros, pero que también tiene sus limitaciones y sus efectos adversos. Un bandazo en la forma habitual de relacionarnos que supone un reto tanto para los profesionales como para los pacientes.

En una entrada previa en este blog, con recomendaciones para una consulta telefónica segura, ya señalamos que la conversación por teléfono ha pasado de utilizarse en contadas ocasiones, principalmente para resolver cuestiones de baja complejidad y trámites administrativos, a utilizarse a menudo, incluso para la valoración de problemas complejos, pacientes frágiles o pluripatológicos, revisión y actualización de prescripciones crónicas, evaluación y tratamiento de reagudizaciones de enfermedades crónicas, atención a nuevos problemas de salud, etc. Un cambio muy sustancial no solo cuantitativo sino también cualitativo, al empezar a aplicarse un tipo de entrevista muy limitado, solo por voz, a situaciones de alta complejidad e incertidumbre.

Los centros de salud han estado abiertos durante toda la pandemia pero el paciente, como requisito previo para la atención a demanda, ha de llamar por teléfono y esperar a que le contesten. Este hecho, combinado con la escasez de personal y de líneas telefónicas, ha supuesto un deterioro de la accesibilidad, uno de los atributos que hacen a la atención primaria eficiente, satisfactoria y segura.

Recientemente, la revista Atención Primaria ha vuelto a poner el foco en esta modalidad de atención no presencial. En el editorial Directrices para una buena y segura atención telefónica en época de COVID-19 se exponen sus ventajas y limitaciones, así como los aspectos fundamentales a tener en cuenta antes, durante y después de realizar la consulta para conseguir que la atención prestada por teléfono sea segura y de calidad. 

Destacan los autores dos aspectos clave: que la atención telefónica nunca debe sustituir a la presencial y que la consulta telefónica es tanto más efectiva cuanto mayor es el conocimiento previo entre paciente y profesional. Hay evidencia de que la relación de confianza y el conocimiento mutuo derivado de los encuentros a lo largo del tiempo entre el paciente y el profesional, la longitudinalidad, es uno de los factores que más favorecen la calidad, eficiencia y seguridad de la asistencia sanitaria. Como la accesibilidad, la longitudinalidad es uno de los atributos esenciales de la atención primaria. Pero también es cierto que, por mucho conocimiento mutuo que exista entre paciente y profesional, determinados motivos de consulta no se pueden valorar adecuadamente de forma no presencial.

Hasta el momento existe escasa evidencia de la efectividad de la atención telefónica en comparación con la presencial en medicina de familia. 

En nuestra experiencia, la efectividad de la consulta telefónica está muy condicionada por la cualidad del problema que motiva la consulta, así como por las características del paciente. El reto al que nos enfrentamos los profesionales es determinar en qué casos podemos abordar el motivo de consulta de forma telefónica con un nivel aceptable de calidad, eficiencia y seguridad, y en cuáles es necesario reconducir la consulta y valorar al paciente de forma presencial, ya sea en el centro de salud, en su domicilio o, si la situación así lo requiere, en un servicio de urgencias hospitalario.

Aunque la atención telefónica y la telemedicina han despertado un gran interés desde el inicio de la pandemia, siendo objeto de múltiples publicaciones en el último año, es en este editorial donde hemos encontrado que se menciona por primera vez un aspecto muy relevante por su contribución a la seguridad del paciente. Se trata de la recomendación de obtener información a partir de familiares y personas cuidadoras. Entrevistar a alguien del entorno cercano del paciente si es conviviente, mejor tras hablar con el propio paciente, es una buena práctica que realizamos de forma habitual y espontánea durante la atención presencial, pero que se nos puede pasar por alto en las consultas telefónicas. A veces existen diferencias entre lo que percibe y trasmite el paciente y lo que observan las personas de su entorno. Esta información complementaria de familiares y cuidadoras puede evitar que tomemos decisiones equivocadas porque, en la atención telefónica, estas personas son nuestros ojos.

Cuando no estamos viendo a la persona con la que hablamos nos falta mucha información, la que proporcionan todos los sentidos. El lenguaje no verbal gestos, expresiones faciales, movimientos corporales, postura... puede tener más significado que las palabras. En la relación médico-paciente el valor de una mirada es insustituible, como lo es la exploración física. 

Los autores del editorial plantean que la consulta telefónica favorece la accesibilidad y ahorra tiempo, dos afirmaciones a matizar.

En cuanto a la accesibilidad, el teléfono sería un medio ágil de contacto... si hubiera recursos humanos y técnicos para atender el descomunal incremento del número de llamadas a los centros de salud. Si antes de la pandemia era ya difícil conseguir comunicar por teléfono con algunos centros de salud, en la actualidad son muchos los centros en los que los pacientes no consiguen que sus llamadas sean atendidas, incluso insistiendo más allá de lo razonable. Como la lotería, les toca a muchos, pero no a la mayoría, por mucho que jueguen. Este es un problema difícil de percibir por el personal de admisión, que no para de atender al teléfono, y por los profesionales, que tienen sus agendas llenas a rebosar. Al personal de los centros de salud le afecta el sesgo del superviviente: solo perciben directamente a los afortunados que han conseguido conectar. La escasez de recursos para garantizar el acceso telefónico en un plazo razonable alza un muro infranqueable para muchos pacientes, que se ven abocados a la cita online (aquellos que pueden acceder a ella por disponer de medios y capacidad para manejarse en entornos electrónicos) o a acudir a urgencias. Conseguida la cita online, la demora en algunos centros y para algunos médicos de familia hasta que llaman al paciente para preguntarle qué quieren consultar, puede ser de más de una semana. Estas demoras, además de causar insatisfacción, son causa de visitas a urgencias evitables y retrasos en la atención que pueden ser lesivos para el paciente.

Debemos distinguir el triaje telefónico que se realiza en admisión para la gestión de la demanda (que si es efectivo contribuye a la accesibilidad, a la eficiencia y a la desburocratización de las consultas) del triaje telefónico por parte de profesionales de medicina y enfermería de las solicitudes de atención. Ambos están comprometidos por la escasez de recursos. En el primer caso, tanto humanos como técnicos. En el segundo, y de manera muy acusada en los médicos de familia, por unas agendas que ya antes del incremento de la demanda causado por la COVID-19 eran, en muchos casos, imposibles de cumplir con un mínimo de calidad y seguridad.

En cuanto al tiempo, aunque inicialmente parezca que la atención telefónica lo ahorra, la experiencia nos dice que la consulta telefónica puede consumir más tiempo que la presencial. Cara a cara la comunicación verbal y no verbal fluyen simultáneamente, podemos explorar al paciente y contamos con recursos que permiten recoger en un solo encuentro más y mejor información, interaccionar con mayor eficiencia y ser más resolutivos ante los múltiples problemas relacionados con su salud que suele plantear un paciente en una consulta presencial (muchos de los cuales, y no siempre los menos importantes, se inhibe de plantear en una consulta telefónica).

Para motivos de consulta muy concretos, cuestiones clínicas menores, muy simples o muy bien delimitadas, así como para trámites o gestiones de carácter burocrático, la consulta telefónica ahorra tiempo tanto a los profesionales como a los pacientes y sus familiares. Sin embargo, cuando se utiliza para la valoración de cuestiones más complicadas o pacientes complejos, consume más tiempo, requiere mayor concentración y esfuerzo por ambas partes y, en términos generales, es menos eficaz que la consulta presencial. Conlleva una serie de llamadas sucesivas de seguimiento y re-evaluación y, en muchos casos, tras todas esas llamadas el paciente termina precisando atención presencial. Si a todo lo anterior añadimos los malentendidos y errores derivados de problemas de comunicación, así como la ausencia de la exploración y otras interacciones de la consulta presencial, al final la consulta telefónica puede acabar generando más trabajo adicional y peores resultados.

Necesitamos más y mejores medios, investigación y guías institucionales para desplegar adecuadamente todos los canales de comunicación factibles entre pacientes y profesionales. Necesitamos incluir, de una vez por todas, los sistemas de comunicación online actualmente infrautilizados o ausentes en atención primaria.

Las consultas por teléfono, como muy bien planteaba este artículo de AMF, han llegado para quedarse, por lo que habrá que delimitar su lugar óptimo en la atención, en cada uno de los escenarios en los que nos encontremos.

Como en todas las medidas para controlar la pandemia, en el despliegue de la atención presencial y no presencial, por teléfono y por otros medios, también se debe actuar en base a la experiencia acumulada, la mejor evidencia disponible —a desarrollar con la investigación oportuna— y las necesidades de adaptación a cada escenario epidemiológico. Además, en la atención sanitaria hay que contar siempre —y especialmente en tiempos de crisis— con el punto de vista y la experiencia de quienes la prestan y de los pacientes, que son su centro.

Al inicio de la pandemia los responsables de la dirección y gestión de la atención sanitaria no proporcionaron ni los medios ni las directrices adecuadas a los profesionales para hacer frente a los extraordinarios retos que se planteaban. Los propios profesionales  tuvieron que diseñar e implantar, sobre la marcha, sistemas y fórmulas para adaptar la atención a la pandemia, como el triaje y las rutas de atención diferenciada a patología COVID y no COVID. Esa falta de capacidad de reacción dejó desprotegidos inicialmente a profesionales y pacientes, con un alto coste en contagios. Si ahora, como apuntan algunas declaraciones, los directivos y gestores, ignorando la realidad de los centros de salud y la experiencia de los profesionales, desactivan los sistemas de triaje y citación a consulta presencial adaptados a la pandemia, y dan acceso sin los controles adecuados a las citas y a las salas de espera, volverán a producirse contagios evitables y aumentarán las dificultades para el buen funcionamiento de la atención primaria, en un momento en que su papel es más vital que nunca.


+ Info: 

Josep Vidal Alaball y Laura Camps Vilà. Directrices para una buena y segura atención telefónica en época de COVID-19. Editorial Atención Primaria 2021;53(4):101965

Joan Gené Badia. Parapetados tras el teléfono. Editorial Atención Primaria Práctica 2020;2(4-5):100062

Elena Muñóz Seco. Las consultas por teléfono han llegado para quedarse. AMF 2020.

Ver en este blog:

Recomendaciones para una consulta telefónica segura: hojas informativas/infografías para el paciente y para el profesional

Infografía y recomendaciones para realizar consultas online seguras y efectivas en atención primaria


Publicado por Rosa Añel y Jesús Palacio