La revista Annals of Family Medicine ha publicado los resultados de un estudio de investigación cualitativa, realizado para indagar sobre qué significa para los médicos de familia confiar en sus pacientes, qué relación guarda la confianza con la longitudinalidad, y cuáles son los factores que facilitan u obstaculizan establecer esa relación de confianza.
A partir del análisis de entrevistas semiestructuradas a 25 médicos de familia en Australia, los autores identifican tres hallazgos clave:
- La confianza en el paciente se asume de inicio, como base de la relación y como elemento con efecto terapéutico.
- La confianza se construye y se fortalece con el tiempo: la participación activa del paciente en su autocuidado la refuerza y, a su vez, la confianza del médico favorece la autonomía del paciente.
- La confianza se resiente cuando el profesional percibe, por parte del paciente, la búsqueda de algún beneficio secundario o algún intento de manipular la relación; aun así, los médicos de familia intentan comprender el contexto del paciente y reconstruir la relación.
El estudio no propone intervenciones concretas, pero sí establece el marco relacional sobre el que descansan las decisiones clínicas seguras en el día a día de las consultas de atención primaria: la longitudinalidad o continuidad en el tiempo de la relación entre el médico de familia y sus pacientes.
El conocimiento y la confianza mutua mejoran la calidad de la anamnesis, la detección precoz de cambios y señales de alarma, la toma de decisiones compartidas, el establecimiento de acuerdos realistas de cuidado y la adecuación de pruebas y tratamientos. Esto es especialmente relevante en el caso de los pacientes con mayor carga de enfermedad y con elevadas necesidades de atención sanitaria.
En contextos especialmente complejos, los médicos de familia necesitan apoyo organizativo y unas condiciones de trabajo que permitan construir relaciones de confianza. Cuando los pacientes confían en su médico de cabecera y el médico confía en sus pacientes, la relación terapéutica se fortalece, mejora la toma de decisiones compartidas y los resultados son más satisfactorios para ambas partes.
La longitudinalidad contribuye a reducir los efectos negativos derivados de la incertidumbre, la fragmentación de la asistencia y el uso inadecuado de otros recursos. Como hemos señalado anteriormente en este blog, la longitudinalidad reduce las intervenciones innecesarias y el daño evitable.
La longitudinalidad, como la confianza, ha de ser bidireccional: el paciente identifica a su médico de cabecera como fuente principal y prioritaria de cuidados, y el médico se compromete y se implica como profesional de referencia para atender la mayoría de los problemas de salud de los pacientes de su cupo.
Las decisiones de gestión han de potenciar la longitudinalidad, no dificultarla. Medidas como priorizar la atención por el profesional o equipo de referencia, favorecer las consultas programadas, proteger la accesibilidad para reconsultar cuando sea necesario (p. ej., franjas de agenda reservadas para seguimiento con el profesional de referencia y adaptación de los canales de solicitud de citas, con menos burocracia), estabilizar cupos y equipos, y limitar rotaciones y cambios innecesarios, entre otras, refuerzan la confianza y el vínculo terapéutico.

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